Notas
Henry Purcell pasado por agua pierde su encanto
"Dido y Eneas", ópera en un prólogo y tres actos. Música: H. Purcell. Libreto: N. Tate, basado en "La Eneida" de Virgilio. Vocalconsort Berlin. Akademie für Alte Musik Berlin. Puesta en escena y coreografía: S. Waltz. Dirección musical: Ch. Moulds (Teatro Colón, 7 de junio)
"Dido y Eneas", única ópera en el sentido estricto escrita por Henry Purcell, posee virtudes que han hecho de ella una de las obras más representadas y vigentes del período barroco: la perfección de sus proporciones, la densidad de su dramaturgia, sus contrastes, su poder de síntesis. Sasha Waltz, coreógrafa destacada de la escena contemporánea, ha tomado la obra de Purcell-Tate como punto de partida para una versión muy personal, que el Colón ofrece dentro de su temporada lírica. Tan personal que ha logrado diluir prácticamente todo el encanto original de la obra. No es que el resultado no tenga su encanto propio, pero es de una índole completamente diferente, que el espectador debe estar muy abierto a recibir para poder disfrutar.
El comienzo es prometedor: el restablecimiento del prólogo se materializa en una escena fascinante, cuyo protagonista es un gran estanque que va vaciándose a medida que avanza la acción y que sumerge al espectador en la tragedia que sobrevendrá después.
Pero los tres actos de la ópera quedan estancados (permítase la continuación de las metáforas acuáticas) en un despliegue de movimiento que, más allá de su realización y concepción magistral en el plano estrictamente coreográfico, lo eclipsa todo y hace que la presencia de cantantes resulte casi un estorbo por más que se los haga bailar (es admirable en este sentido la plasticidad y el trabajo tanto con los integrantes del Vocalconsort Berlin como con los solistas). En definitiva: la acción se alarga (y aletarga) desproporcionadamente y el drama se diluye en un espectáculo con elementos que no terminan de integrarse. La iluminación de Thilo Reuter es magistral, y la escenografía de Thomas Schenk y Waltz y el vestuario de Christine Birkle son funcionales a la estética propuesta.
La dirección musical de Christopher Moulds (sobre la revisión de Attilio Cremonesi) y la actuación de laAkademie für Alte Musik Berlin son impecables en estilo, sutileza y retórica, aunque su desempeño esté opacado por la parafernalia coreográfica. No puede decirse lo mismo del elenco, donde apenas descuellan, aunque tímidamente, las voces de Aurore Ugolin (Dido) y Debora York (Belinda).
"Las grandes mentes conspiran contra sí mismas", dice el libreto. La puesta de Waltz es, si no la demostración cabal de esta premisa, al menos un ejemplo de cómo una gran mente puede conspirar contra la obra que interpreta.
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