Notas

 “Quartett”: una ópera magnífica pero muy exigente

Por: Margarita Pollini

 

El progresivo éxodo de un sector del público que poblaba la sala del Colón en el estreno de "Quartett" pareció ratificar las palabras del compositor y libretista Luca Francesconi: "No vengan al teatro si no están dispuestos a cuestionar lo que hacen y lo que son. Ésta es una ópera violenta, sexual, blasfema, aquí no hay piedad. Los dos únicos personajes en escena son la personificación del cinismo y se han jurado no volver a amar jamás". Otros espectadores, más precavidos, habían optado directamente por no asistir, a juzgar por la cantidad de butacas y palcos vacíos que lucía desde el inicio la herradura en la función de Gran Abono.

 

Es que el planteo original de Pierre Choderlos de Laclos en su novela "Las relaciones peligrosas" (1782), adaptada al cine por Vadim, Frears y Forman y al teatro por Heiner Müller (entre otros) no deja de seguir desnudando el alma del espectador. La Marquesa de Merteuil y el Vizconde de Valmont entablan en la pieza del dramaturgo alemán un juego perverso y dieciochesco pero esenciamente humano y de alcance universal de destrucción propia y ajena, asumiendo por momentos otras máscaras. El juego, en la dualidad lúdica y teatral de la palabra. 

 

Es el inglés el idioma que Francesconi eligió para su ópera, y no se trata de una elección caprichosa. Müller afirmaba haber utilizado por primera vez una máquina de escribir eléctrica para plasmar "Quartett" y decía que esa distancia respecto del propio texto le había resultado beneficiosa; algo similar hace Francesconi con un idioma que parece potenciar el cinismo que sobrevuela la trama y que constituye también su esencia.

 

El texto de Müller es conciso, denso, brutal, opresivo, y también lo es la ópera de Francesconi. Dentro de esta síntesis la escritura del compositor italiano se muestra virtuosa en el tratamiento de voces, instrumentos y efectos en los que se plasma de modo inmejorable el juego mortal de Valmont y Merteuil. Y es difícil imaginar una puesta en escena más lograda que la de Álex Ollé en colaboración con Alfons Flores (escenografía), Franc Aleu (proyecciones), Lluc Castells (vestuario) y Marco Filibeck (iluminación). La delimitación de este campo de juego es un cubo sin pared frontal ni posterior suspendido en el espacio, la "prisión emocional", como la llama Ollé, de los protagonistas. Cuesta también pensar en dos cantantes mejores que Allison Cook y Robin Adams para este tour-de-force vocal, musical, actoral y emocional de una hora y media que no da tregua. Brad Lubman realiza en el podio otra proeza, la de concertar los múltiples elementos, al frente de músicos de la Orquesta Estable que responden con excelencia.

 

Una caja de resonancia dentro de otra, el escenario, encerrado a su vez en la caja de una sala y la caja de un teatro de ópera: puede decirse que sólo en este contexto será entendida y apreciada en todos sus sentidos esta pieza magistral, que el Colón tiene el privilegio de estrenar en el continente americano. Pero, como se dijo, se trata de una obra sólo apta para el espectador dispuesto a asumir la incomodidad de ese gran espejo implacable que es el buen teatro.

 

"Quartett", ópera épica en trece escenas. Música y libreto: L. Francesconi. Prod.: Teatro Alla Scala de Milán y el IRCAM (París). Puesta en escena: A. Ollé. Orquesta Estable del Teatro Colón. Dirección musical: Brad Lubman (Teatro Colón, 16 de junio).

 

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