Notas
La guinda al pastel
 
En una tarde destemplada, y en un horario no habitual, los siempre fieles abonados del vespertino fueron colmando la sala del Teatro. Era la última jornada de un hecho histórico, la Staatsoper Unter den Linden y la Staatskapelle Berlin, bajo la dirección de Daniel Barenboim culminaba su visita a Buenos Aires, con la última función de Tristán e Isolda

Desde 1923, cuando Richard Strauss y Vincenzo Bellezza al frente de la Filarmónica de Viena, oportunidad en que se representaron cinco funciones de Electra y veintiún conciertos sinfónicos, ninguna otra orquesta nacional o extranjera representó en nuestro país cuatro funciones de ópera y seis conciertos en doce días. Doce días en los que aproximadamente 20.000 personas disfrutaron de una serie de espectáculos en vivo, de los cuales muchos pudieron ser vistos y escuchados a través de la Televisión Pública, Radio Nacional, e Internet. Casi dos semanas en la que los melómanos pudieron apreciar la excelencia en su máxima expresión.

En lo que a la ópera se refiere, la última función revistió un carácter excepcional. Por primera vez Peter Seiffert pudo abordar, digamos en un 95% los requerimientos óptimos del papel de Tristán, evidenciando solo alguna aspereza en la voz durante los últimos compases del tercer acto, cumpliendo en el resto del mismo, como así también en los dos precedentes una labor extremadamente satisfactoria tanto en la parte vocal como interpretativa. Pero sin lugar a duda la gran sorpresa fue la Isolda de Iréne Theorin, la soprano sueca de 55 años, quien literalmente abofeteó a los presentes con un sorprendente caudal de voz que trajo a la memoria de muchos las presentaciones de otras voces escandinava como Kirsten Flagstad y Birgit Nilsson de la cual fue alumna. Dueña de una voz penetrante, redonda, con una capacidad de proyección pocas veces escuchada esta Isolda es como el paradigma ideal de la princesa irlandesa. Ama de casa con tres hijos, comenzó a estudiar canto motivada por una vecina que pertenecía al coro de la parroquia. Debutó en 1996 a los 33 años como Donna Anna, en Don Giovanni en el Royal Opera en Copenhague, teatro donde interpretó numerosas partes verdianas como Leonora en La forza del destino, Amelia en Un ballo in maschera, Elisabetta en Don Carlo, Desdémona en Otello y Aida, ya en el repertorio wagneriano fue Elsa en Lohengrin, Eva en Los maestros cantores, Senta en El Holandés errante, y Sieglinde en La Valkiria, entre otras. Hizo su debut en el Festival de Bayreuth en 2000 como Ortlinde en La Valquiria. Carrera que continuó en los más prestigiosos teatros del mundo junto a grandes directores como Zubin Mehta, Lorin Maazel, Valery Gergiev y, Daniel Barenboim entre otros.

Es deseable que el Teatro Colón, así como el Centro Cultural Kirchner, puedan seguir manteniendo el nivel de excelencia alcanzado en estas jornadas, tanto sea con organismos extranjeros o nacionales, con el fin de recuperar el prestigio de Buenos Aires como centro cultural internacional, prestigio que nunca debería haber perdido.

Víctor Fernández (c)
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