Notas
Critica - Diario La Prensa - 22 de septiembre de 2015

Verdi en el Colón: “Don Carlos”

POCAS VOCES Y MUCHO HOLLYWOOD

«Don Carlos», ópera en cuatro actos, con texto de Joseph Méry y Camille du Locle en versión italiana de Achille de Lauzière y Angelo Zanardini, y  música de Giuseppe Verdi. Con José Bros, Tamar Iveri, Béatrice Uria-Monzon, Fabián Veloz, Alexander Vino-gradov, Alexei Tanovitski, Lucas Debevec Mayer, Rocío Giordano Arnaldo Quiroga y Marisú Pavón. Iluminación de Eli Sirlin, escenografía, vestuario y “régie” de Eugenio Zanetti. Coro Miguel Martínez) y Orquesta Estables del Teatro Colón (Ira Levin). El domingo 20, en el teatro Colón

    Pintor, director de arte, ilustrador, escenógrafo, diseñador, dramaturgo, ves-tuarista, decorador y cineasta, Eugenio Zanetti (Córdoba, 1946), artista argentino de actuación internacional, ahora en sus primeros pasos también como “regisseur” operístico plasmó el domingo una nueva producción de “Don Carlos”, que el Colón ofreció en quinta función de su reducida temporada de abono. 
                                           
             Recargada, plena de simbolismos poco comprensibles, despojada esencialmente de efectividad teatral, la experiencia, sin duda frustrada, se caracterizó por una suerte de enfoque surrealista hollywoodense, en el que se acumularon entre otras cosas prendas de vestir que se convierten en tripas, un corazón preparado como para un trasplante y profusión de puntiagudos bonetes rojos, con un huevo, una mano y un incensario gigantes, columnas feas, enanos, imágenes del Bosco, de las mil y una noches y otras que parecían de Klee o de Miró. Fue importante el gasto realizado por nuestro primer coliseo (sobre todo en riquísimos trajes y hasta el armado de una gran fachada realista de fondo), pero los resultados por cierto no lo justificaron.

Voces pobres

Paralelamente con esto (fueron muchos los  espectadores que abandonaron la sala en el transcurso de la velada), las voces, el otro gran componente del teatro de ópera, se oyeron como común denominador desconcertantemente insuficientes. Se sabe que el enjundioso título verdiano requiere no menos de cinco cantantes de fuste, y por eso sorprende que el recinto de la calle Libertad se haya animado a abordar esta obra si no contaba con esos elementos. Corolario de todo ello fue fundamentalmente la carencia total de fuerza dramática de la representación, lo que desde ya (tres horas y media con un solo entreacto) la tornó por momentos sumamente tediosa.

En esta dirección, el tenor catalán José Bros (Don Carlos), quien reemplazó a Ramón Vargas, mostró un registro lírico apto para “Lucia” o “El Barbero”, muy distanciado del melodrama italiano intenso; Fabián Veloz (Posa), pese a su atrayente línea, no es definitivamente un barítono dramático verdiano debido a su color, timbre y falta de pastosidad, al tiempo que la soprano georgiana Tamar Iveri (Isabel), a quien conocimos en Europa en el repertorio mozartiano, de metal también liviano, no obstante sus esfuerzos técnicos, sucumbió (desafinó, forzó o esquivó notas) en un papel de po-tentes cargas que excedió notoriamente sus posibilidades.

El bajo Alexander Vinogradov (Felipe II), con voz por momentos muy blanca y ostensible impedimento para sostener los sonidos sin un “vibrato” de gran amplitud, paseó epidérmicamente por su personaje, al tiempo que a su colega Alexei Tanovitski (Gran Inquisidor) no se lo escuchó demasiado. Lució en cambio registro de atrayentes acentos nuestro compatriota Lucas Debevec Mayer (Monje). La cantante más interesante fue de todos modos Béatrice Uria-Monzon (Éboli). Dueña de una carrera de relieve (fue Carmen incluso en Buenos Aires), la mezzo francesa, con alguna debilidad actual en la quinta inferior, acreditó calidad, vigor comunicativo y solvente manejo de sus recursos, especialmente en “O don fatale, dono crudel”, aria que vertió con señalada belleza plástica y emocional.

El Coro

Preparado por Miguel Martínez, el coro estable fue la otra figura importante de la jornada debido a la hermosura canora de todas sus cuerdas, sus armoniosas amalgamas y transparente flexibilidad. En el podio, el inefable Ira Levin condujo con practicidad y discreción, sin ir ni un milímetro más allá (fue esbelto y redondo el cometido de trombones y cornos). El agregado de un prólogo con leyendas y campanas diversas, como si a Verdi le hicieran falta complementos, no impresionó como algo demasiado serio.

Calificación: regular
                                                                                                         
Carlos Ernesto Ure
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