Notas
"Rusalka” de Dvorák, en el Avenida
 
Importante estreno de una ópera checa
 
“Rusalka”, comedia lírica en tres actos, con libro de Jaroslav Kvapil, y música de Antonín Dvorák. Con Daniela Tabernig, Eric Herrero, Elisabeth Canis, Marina Silva, Homero Pérez-Miranda, Cecilia Pastawski, Sergio Vittadini, Mirko Tomas, Vanina Guilledo, Oriana Favaro y Rocío Giordano. Coreografía de Ig-nacio González Cano, iluminación de Alejandro Le Roux, escenografía de Luciana Fornasari, vestuario de Lucía Marmorek y “régie” de Mercedes Marmorek. Coro (Juan Casasbellas) y Orquesta de Buenos Aires Lírica (Carlos Vieu).El viernes 2, en el teatro Avenida  
 
El demorado estreno argentino de “Rusalka” (segunda presentación centro y sudamericana después de la que tuvo lugar en Mayo, en Santiago), al igual que el de “Rodelinda” en temporadas pasadas, constituyó un destacado hito para el haber de Buenos Aires Lírica, más todavía si se piensa que se trata de una compañía privada, sin subsidios oficiales. La extensa, atrayente, bonita y por momentos algo despareja ópera de Antonín Dvorák se representó el viernes, en la sala del Avenida, en una versión contrastante, porque fue sumamente digna y exhibió además fidelidad estilística en sus aspectos musicales, pero mostró en cambio un severo desenfoque en el segmento teatral y visual.
 
Buenos cantantes
 
Digamos desde ya que en el palco escénico se desplegaron buenas voces, todas con el común denomina-dor de una encomiable línea de canto, logro en el cual fue evidente la mano de la maestra preparadora Florencia Rodríguez Botti. No es tarea sencilla discernir niveles, porque todos los artistas, que hicieron el gran esfuerzo de valerse del idioma checo, se manejaron con rango más o menos parejo. El tenor brasilero Eric Herrero (Príncipe) lució registro grato, incisivo y homogéneo, y resolvió con naturalidad sus múltiples incursiones en el pasaje superior. El bajo barítono cubano Homero Pérez-Miranda (Vodník) hizo oír una voz bien timbrada, redonda y de buenos armónicos, y vertió con particular calidad su bella aria-lamento del segundo acto (“Celý svet nedá ti”). La soprano Marina Silva (Princesa Extranjera) expuso caudal y notas de consistente color, al tiempo que su colega Daniela Tabernig (Rusalka), en un papel estudiado en todos sus detalles expresivos, si bien en ocasiones forzó la emisión, quizás demasiado lírica, exhibió de cualquier modo temperamento pasional y metal lozano y terso, “fiato” remarcable y “legato” de categoría. La mezzo Elisabeth Canis (Jezibaba) fue también un elemento de sólida eficiencia gestual y vocal.
 
Producción desacertada
 
En un cometido que no fue excesivamente exigente, el coro de la entidad organizadora, cuyo titular es Juan Casasbellas, cumplió con corrección, al tiempo que la Orquesta de Buenos Aires Lírica, con sus me-nos y sus más, fue dirigida por Carlos Vieu con claridad, seguridad y pulcritud.
El problema serio radicó en la producción. La fábula de la ondina Rusalka es sustancialmente un cuento de hadas, ubicado por definición en un mundo intemporal y de fantasía. Los tres factores decisivos de este relato feérico son, por otra parte, la luna, de figuración omnipresente, el bosque y el lago, reino de los seres humanos y reino de las criaturas divinas, respectivamente. Sin embargo, la puesta de Mercedes Marmorek confundió y entremezcló desconcertadamente uno y otro universo, dando incluso a toda la acción una inapropiada carnadura realista y situándola al mejor estilo “Sissi”, en los tiempos del Austria de Francisco José. Se desvirtuó así todo el meollo de esta trama quimérica por donde la mire, con preterición llamativa de un espectro operístico que da casi como pocos para una creatividad sin límites. En definitiva: la luna apareció una sola vez y un ratito, como caída de bruces, el bosque no existió, y el lago fue sustituido grotescamente por una bañadera (sic).
 
Calificación: bueno
 
Carlos Ernesto Ure
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