Avanti a Lui
Notas

Concierto de Año Nuevo de Viena 2026

VIENA, Musikverein, 1.º de enero de 2026

Johann I, II, Josef y Eduard Strauss, Florence Price

Wiener Philharmoniker – Dirección: Yannick Nézet-Séguin

Fiel a compromisos artísticos ya largamente reconocidos, el director canadiense Yannick Nézet-Séguin concibió para el Concierto de Año Nuevo 2026 un programa que refleja con claridad el espíritu de sus grabaciones más recientes, entre ellas —y de manera muy significativa— la reivindicación de la obra de la compositora estadounidense Florence Price. Tras haber registrado las Sinfonías Nº 1 y 3 con la Orquesta de Filadelfia (Deutsche Grammophon), el maestro dirigió en Viena su célebre Valse del Arc-en-ciel, presentada aquí en una nueva orquestación.

Muy implicado en cada decisión artística, Nézet-Séguin subrayó el genio femenino junto a los reyes históricos del vals vienés. Así, junto a Johann y Josef Strauss, emergió la figura de Joséphine Weinlich, compositora y fundadora del primer conjunto profesional de mujeres músicas en Europa. Respetuoso de la tradición vienesa, el director puso también en relieve el refinamiento de las obras de Johann padre, Johann hijo y Josef Strauss. Y, como gesto final, reinventó incluso el ritual más célebre del concierto: para la Marcha Radetzky, descendió del podio y se internó en el parterre, dirigiendo al público de una manera inédita, indicándole cuándo aplaudir en una cercanía jamás vista.

Director eminentemente lírico —al frente del Metropolitan Opera de Nueva York, sin olvidar sus recientes Mozart grabados en Baden-Baden—, Yannick Nézet-Séguin privilegia naturalmente las partituras de fuerte potencial dramático. Pero su batuta ágil sabe también hacer cantar a la orquesta en la sutileza, cultivar el aliento poético de las obras y desplegar una paleta de matices siempre expresiva.

El concierto se abrió con la obertura de la opereta Indigo y los 40 ladrones de Johann Strauss II (1871), escrita tres años antes de El murciélago e inspirada en los cuentos de Las mil y una noches. Desde los primeros compases, la dirección dejó oír las cualidades que atravesarían todo el programa: alegría y ligereza, nervio y elegancia, detalle y dramatismo bien calibrado. Bajo el brillo emergió también un perfume melancólico, sostenido por cuerdas, arpa y maderas, en una voluptuosidad sonora que jamás se forzó. El final, un galop endiablado, fue incisivo sin pesadez, fruto de una construcción episódica refinada. 

El programa avanzó luego hacia figuras menos transitadas del universo vienés, como Carl Michael Ziehrer, rival histórico del clan Strauss. Su Donausagen-Walzer, Op. 446 (1893), combinó elementos húngaros, rumanos y bosnios, comenzando con una gravedad trágica —marcada por la clarineta solista— y derivando hacia un lirismo de fuerte carácter folclórico. Nézet-Séguin subrayó esa música identitaria, intensa y contrastante, que encontró aquí una lectura vibrante. 

La presencia de Joseph Lanner, uno de los verdaderos fundadores del vals vienés, aportó una nota histórica esencial. Su galop Malapou, Op. 148, evocó el exotismo decimonónico y el entusiasmo por las “bayaderas”, con una energía colectiva acentuada por grelotes, ímpetu rítmico y hasta exclamaciones de los propios músicos. 

Un guiño justo y necesario recayó sobre Eduard Strauss, el menor de los hermanos, con su Brausteufelchen-Polka schnell, Op. 154, donde se reconocen las mismas virtudes de familia: ligereza, elegancia y latigazos rítmicos. Antes del intervalo, el programa reunió lo mejor de Johann Strauss padre e hijo: el Fledermaus-Quadrille, Op. 363, desplegó un pot-pourri refinado y teatral, mientras que Der Karneval in Paris, Op. 100, reflejó el espíritu francés que Johann I absorbió tras su gira parisina de 1837. 

Tras la pausa, el concierto ganó aún mayor coherencia expresiva. La obertura de La bella Galatea de Franz von Suppè recordó la importancia del compositor en la creación de la opereta vienesa, con un lenguaje incisivo, satírico y de clara herencia offenbachiana. Nézet-Séguin destacó la finura instrumental en la pintura del mito de Pigmalión y su criatura fatal. 

El eje conceptual del programa se afirmó con la inclusión de Joséphine Weinlich y su Sirenen-Lieder, Op. 13, delicada y floral, cerrada en una fusión sutil de clarinete y arpa. Este gesto prolongó la línea iniciada en el Concierto de Año Nuevo anterior, cuando Riccardo Muti había programado una obra de Constanze Geiger. 

De Josef Strauss, la valse Frauenwürde, Op. 277, celebró la dignidad femenina con refinamiento extremo. Nézet-Séguin puso de relieve la sensibilidad tímbrica del compositor, su manejo de cuerdas y maderas, y esa alquimia entre voluptuosidad y pudor que define su estilo. 

El ballet de la Ópera de Viena se sumó en la Diplomaten-Polka de Johann Strauss II, con coreografía de John Neumeier, aportando gracia narrativa y una sátira elegante del mundo burocrático. 

Uno de los momentos más significativos llegó con la Rainbow Waltz de Florence Price, en orquestación de William Dörner. Escrita originalmente para piano en 1939 —el mismo año del primer Concierto de Año Nuevo vienés—, la obra brilló por su swing, su refinamiento armónico y su carga simbólica. Nézet-Séguin la abordó con atención extrema al color y al fraseo, confirmando su compromiso con la difusión de esta compositora fundamental. 

Entre las sorpresas, el Galop ferroviario de Hans Christian Lumbye evocó con humor y precisión el avance de la locomotora, con efectos sonoros y un gesto escénico del propio director, que empuñó la señalización ferroviaria de época. 

La célebre Rosen aus dem Süden, Op. 388, de Johann Strauss II, ofreció un remanso de elegancia, nostalgia y lirismo, acompañada por un ballet filmado en el Museo de Artes Aplicadas de Viena. La dirección cuidó cada acento, cada capa de la polifonía, con claridad ejemplar. 

El cierre sinfónico reunió la Egyptischer Marsch, Op. 335, de Johann II, y la valse pacifista Friedenspalmen, Op. 207, de Josef Strauss, ambas leídas con un sentido progresivo del color y la arquitectura. 

Finalmente, en la tradicional Marcha Radetzky, Yannick Nézet-Séguin rompió definitivamente el protocolo: descendió del podio, se mezcló con el público y dirigió los aplausos desde el parterre. Un gesto espontáneo y simbólico que selló una edición memorable del Concierto de Año Nuevo, seguida por más de cien millones de espectadores en todo el mundo.

 

Crédito
Texto original: Alexandre Pham, ClassiqueNews