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Notas

Ritos en Amberes: un tríptico monumental para Opera Ballet Vlaanderen

Por Elsa Giovanna Simonetti

19 de enero de 2026

Con un programa de ambición poco frecuente y de enorme exigencia técnica tanto para los bailarines como para la orquesta, Opera Ballet Vlaanderen reafirmó en Amberes su posición como una de las compañías de danza contemporánea más relevantes de Europa. El tríptico presentado reunió Boléro X, creación reciente de Shahar Binyamini; el estreno de La Valse, firmado por Nacera Belaza; y la legendaria Le Sacre du printemps de Pina Bausch, configurando una velada de impacto físico, musical y conceptual.

Boléro X: la intensidad como experiencia colectiva

A medida que el célebre crescendo de Maurice Ravel se despliega, el movimiento se intensifica de forma inexorable hasta alcanzar una apoteosis de contundente efecto colectivo. Este impacto se ve amplificado por la presencia de más de cincuenta bailarines en escena, posible gracias a la participación del Junior Ballet y de la Royal Ballet School of Antwerp.

El vestuario diseñado por Binyamini es deliberadamente neutro e idéntico para hombres y mujeres: torso en tono piel y pantalones elásticos de apariencia de cuero, marcados por una V frontal que acentúa las líneas alargadas del cuerpo. La sobriedad cromática, la disposición circular del espacio y la abstracción general evocan inevitablemente el universo mítico de Béjart. Sin embargo, aquí la sensualidad refinada cede lugar a un esfuerzo visible, a respiraciones audibles y bocas abiertas subrayadas por labios oscuros, transformando la danza en un acto de resistencia casi ritual.

La Valse: memoria histórica y asombro contemporáneo

En 1926, en la Ópera de Amberes, la bailarina rusa Sonia Korty, figura fundacional de la danza en Flandes, recibió de Ravel el encargo de coreografiar La Valse para su compañía. La partitura, célebre por deconstruir el vals vienés y quebrar la tradición burguesa, evoluciona desde un inicio fragmentado hacia un torbellino de disonancias.

Casi un siglo después, Nacera Belaza propone una sorpresa comparable con su creación original para el extraordinario bailarín Austin Meiteen. Su trayectoria autodidacta se manifiesta tanto en la singularidad del lenguaje corporal como en la concepción global de la obra. Vestido con un traje oscuro, Meiteen traza movimientos circulares, repetitivos, casi hieráticos, suspendidos entre equilibrio y desequilibrio, poéticos e imprevisibles, como un funámbulo. Sobre él, un haz de luz tembloroso, magistralmente diseñado por Éric Soyer, anuncia una tormenta inminente y dialoga con los acentos percusivos de la música. En el final, la oscuridad total envuelve la sala. La intención explícita de Belaza es situar danza y música en un plano de igualdad, aunque por momentos la fuerza arrolladora de la partitura amenaza con eclipsar el gesto coreográfico.

Le Sacre du printemps: el ritual en estado puro

Es en Le Sacre du printemps donde los bailarines de Opera Ballet Vlaanderen alcanzan su máxima expresión, haciendo pleno honor a sus extraordinarias capacidades artísticas. La interpretación resultó visceral, terrenal y poderosa. El contraste entre los sexos estuvo trazado con precisión, generando instantes de auténtica angustia.

Fiel al espíritu de Pina Bausch, la propuesta fue mucho más allá de la interpretación: los bailarines se transformaron ante nuestros ojos en auténticos agentes rituales, con una encarnación tan absoluta que la música parecía atravesar directamente sus cuerpos. La solista Towa Iwase ofreció una actuación impactante, de la que emergieron visiones y temores con una intensidad poco común, haciendo que su angustia resultara dolorosamente real.

En una conversación posterior, la bailarina Morgana Cappellari explicó que los répétiteurs del Tanztheater Wuppertal, bajo la guía de Barbara Kaufmann, se mantienen fieles a la filosofía creativa de Bausch: cada ser humano debe poder brillar tal como es, llevando su propia naturaleza y personalidad al escenario. Este principio se manifestó plenamente, permitiendo que la individualidad de cada intérprete emergiera con fuerza convincente.

Una experiencia directa, sostenida por la música

Si la intención —como explicó Tom de Jager tras la función— era mantener al público al borde de su butaca con un ballet que no requiriera un estudio previo del programa, esa sensación de espontaneidad y conexión directa se percibió de principio a fin. La cohesión del conjunto fue clave, una cualidad que, según la bailarina Anaïs De Caster, se forja a lo largo del proceso creativo y se mantiene intacta hasta el momento de salir a escena.

Un factor igualmente decisivo fue la admirable labor de la Orquesta Sinfónica de Opera Ballet Vlaanderen, dirigida por Karel Deseure, que dio vida plena a estas tres obras profundamente marcadas por las densas redes coreográficas de comienzos del siglo XX. Boléro, compuesto por Ravel para Ida Rubinstein y coreografiado por Bronislava Nijinska; La Valse, concebida en diálogo con los Ballets Russes y rechazada por Sergei Diaghilev, que encontraría luego su realización coreográfica con Sonia Korty; y Le Sacre du printemps, nacido también en la órbita de los Ballets Russes de la colaboración entre Vaslav Nijinsky e Igor Stravinsky.

El resultado final es un programa donde la modernidad necesita de la tradición para desplegarse plenamente: un ritual escénico que enlaza pasado y presente con una fuerza pocas veces alcanzada.

El viaje de Elsa Giovanna Simonetti fue financiado por Opera Ballet Vlaanderen. 


Fuente
Bachtrach.com
Título original: Rites in Antwerp: a towering triple bill for Opera Ballet Vlaanderen
Traducción: www.avantialui.org