Avanti a Lui
Notas

Pierrot Lunaire: el Royal Ballet alcanza la luna con una inquietante danza del deseo
 
Linbury Theatre, Royal Opera House, Londres — hasta el 20 de febrero de 2026
 
A veces, la reposición de una obra del pasado la revitaliza —y nos revitaliza— si logra dialogar con el presente, renovar nuestra sensibilidad o simplemente confirmar que su calidad artística resiste el paso del tiempo. En otras ocasiones, la pieza permanece anclada en su época, como curiosidad histórica, objeto de museo o incluso reliquia.
 
El Pierrot Lunaire de Glen Tetley, creado en 1962 y considerado un punto de inflexión en la historia de la danza, reúne de manera singular ambas condiciones.
 
Inspirado en la iconografía de la commedia dell’arte, el ballet narra la historia estilizada del inocente Pierrot, hechizado por la luna (Marcelino Sambé), el despertar de su deseo a través del encuentro con la multifacética Colombina (Mayara Magri) y la intervención dominante y manipuladora de Brighella (Matthew Ball).
 
La escenografía es mínima —un simple andamiaje en el centro del escenario— y el lenguaje coreográfico combina con audacia las líneas largas y depuradas del ballet clásico con la gravedad, los ángulos tensos y la gestualidad visceral asociada a Martha Graham. Es una síntesis poderosa y eficiente.
 
La luna está siempre presente: en las fugaces formas de media luna que traza el movimiento, en los gestos ascendentes de Pierrot, como si intentara atrapar un rayo lunar. La coreografía es clara, precisa y deliberada. Basta observar el elaborado dúo entre Pierrot y Colombina, en el que ambos miran hacia fuera, hacia arriba, alrededor… pero nunca directamente el uno al otro.
 
Los tres intérpretes, con el rostro oculto tras maquillaje inexpresivo, encarnan sus papeles con convicción, sumergidos en la atmósfera creada por la partitura de Arnold Schoenberg: una música compuesta pero nerviosa, marcada por la atonalidad, la ansiedad y una histeria deslizante que impregna toda la escena.
 
Sin embargo, la obra está impulsada por una iconografía freudiana que hoy resulta, cuanto menos, problemática. Hay un momento clave —difícil de describir con delicadeza— en el que Pierrot palpa torpemente el pecho de Colombina; ella lo abofetea y se aleja indignada. Poco a poco se revela la estructura simbólica: Pierrot es el Niño, avergonzado y castigado por el despertar de su deseo; Colombina es la Mujer, muñeca viviente, novia adornada con lazo o figura escarlata; Brighella es el Hombre —o el Padre— dominante y amenazante, con su espada de madera insinuada de forma inequívoca.
 
La combinación de crudeza regresiva y tono casi sádico con un alto refinamiento formal, diseño elegante y actuaciones de gran intensidad produce un resultado extraño… e inquietante.
 
Tetley construyó una obra estilísticamente audaz, psicológicamente cargada y visualmente austera. Pero vista hoy, su simbolismo sexual explícito y su lectura arquetípica del deseo generan una incomodidad que forma parte inevitable de la experiencia.
 
Entre el museo y la modernidad, entre la pieza histórica y el experimento aún vibrante, Pierrot Lunaire sigue orbitando en un territorio ambiguo. Y quizás sea precisamente esa ambigüedad la que mantiene viva su inquietante poder.
 
Créditos
Por Sanjoy Roy
Publicado el 11 de febrero de 2026
 
Este artículo es la traducción al castellano de una reseña publicada originalmente en The Guardian. Traducción realizada para su difusión en español. Título original y link de acceso a la nota: Pierrot Lunaire review – Royal Ballet reaches for the moon with a creepy dance of desire

Víctor Fernández