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Cuando el Colón se dejó tentar por el Carnaval
Máscaras, valses y reglamentos en la Buenos Aires que ya no existe
 
Hubo un tiempo —breve, luminoso y casi secreto— en que el Teatro Colón dejó de ser únicamente templo del bel canto para convertirse, por unas horas, en escenario de fantasía.
 
En plena Década Infame, entre 1934 y 1937, la sala mayor de Buenos Aires organizó sus Bailes de Fantasía. No eran simples fiestas de carnaval. Eran carnavales a la manera del Colón: con escenografía cuidada, programa impreso, repertorio distinguido… y reglamento.
 
Porque si algo caracteriza a la historia del carnaval porteño es esa tensión constante entre el desborde y la norma, entre la máscara que libera y la autoridad que vigila.
 
De los balcones coloniales al anonimato veneciano
 
El carnaval llegó al Río de la Plata con los españoles, cargado de resonancias paganas y licencias previas a la Cuaresma. En la Buenos Aires colonial, las calles se inundaban de agua y carcajadas: huevos ahuecados, fuentones, baldes perfumados —o no tanto— lanzados desde balcones cómplices.
 
Aquella algarabía fue vista por las élites como “costumbre bárbara”. El virrey Vértiz intentó encauzarla; más tarde, Rosas la prohibió directamente. Pero el carnaval, como todo impulso colectivo, siempre vuelve.
 
Sarmiento, fascinado por las máscaras venecianas, comprendió el poder simbólico del disfraz: el anonimato como suspensión momentánea de las jerarquías. El primer corso oficial de 1869 selló ese espíritu.
 
La ciudad aprendió entonces que durante unos días era posible jugar a ser otro.
 
Tango, teatros y noches interminables
 
Ya en el siglo XX, el carnaval encontró su banda sonora definitiva: el tango.
 
Los teatros porteños retiraban butacas, nivelaban pisos y transformaban la solemnidad en pista. Francisco Canaro desplegaba orquestas monumentales; Julio De Caro estrenaba temas que al día siguiente tarareaba toda la ciudad. Más tarde vendrían Troilo, D’Arienzo, Di Sarli.
 
En los clubes, las noches eran maratónicas. El Viejo Gasómetro vibraba con Sandro, Palito Ortega, Serrat o Roberto Carlos. “8 grandes bailes 8”, prometían los anuncios. Ocho noches de serpentinas, papel picado y orquestas desbordadas.
 
Pero antes de esa explosión popular, el carnaval ya había escalado un escenario impensado.
 
El Colón en carnaval
 
En 1934, bajo la dirección de Juan José Castro, el Teatro Colón decidió abrir sus puertas a la fantasía.
 
Las entradas se anunciaban en periódicos y carteles públicos. A las nueve de la noche se abrían las puertas. A las diez en punto comenzaba el baile. A las cuatro de la madrugada, sin excepción, terminaba. No había bis.
 
La platea se convertía en pista. La escena también. Las butacas eran retiradas con cuidado casi quirúrgico. Héctor Basaldúa ambientaba el espacio. Y la mitología porteña completaba la escena con una leyenda deliciosa: barras de hielo colocadas sobre la cúpula para domar el calor del verano.
 
La noche tenía su arquitectura musical.
Primero, la elegancia: Strauss, Offenbach, Rossini.
Después de la medianoche, el verdadero pulso: tango, pasodoble, jazz, fox trot.
 
El Colón descendía de su pedestal sin perder la compostura.
 
Doce artículos para domesticar la máscara
 
Porque el carnaval en el Teatro Colón no era licencia absoluta. Era fiesta reglamentada.
 
El Reglamento para los Bailes de Máscaras, con sus doce artículos, constituye hoy un documento tan revelador como entrañable.
 
Se podía bailar en la platea y en el escenario.
 
Quien no quisiera danzar, podía ocupar palcos, tertulias y cazuelas.
 
La cazuela estaba reservada exclusivamente a las señoras.
 
Estaba prohibido fumar.
 
No se admitían trajes indecorosos ni espuelas.
 
Cualquier exceso de palabra o ademán implicaba expulsión inmediata.
 
Desde la una de la madrugada no se otorgaban contraseñas: quien salía, no volvía a entrar.
 
El Departamento de Policía velaba por el cumplimiento “en todas sus partes”.
 
La máscara era permitida, pero no el desorden. El anonimato no suspendía la moral. La fantasía debía ajustarse al marco de la decencia.
 
En ese delicado equilibrio se cifra la singularidad del carnaval del Colón.
 
Miss Teatro Colón y el Dios Momo
 
En el punto culminante de la noche se elegía a Miss Teatro Colón y al Dios Momo. Bajo las cúpulas doradas, la solemnidad lírica cedía ante el rito pagano.
 
Quizá nunca la sala fue tan humana como entonces: entre valses y tangos, entre máscaras y abanicos, entre cotillón y reglamentos.
 
El ocaso y la memoria
 
Con el paso de las décadas y el avance de los tiempos más oscuros, el carnaval perdió fuerza. La dictadura militar terminó de erosionar una tradición que, aun con el retorno democrático, jamás recuperó del todo su brillo original.
 
Hoy, cuando nuevas propuestas intentan reencantar febrero con estéticas contemporáneas, el recuerdo de aquellos Bailes de Fantasía del Teatro Colón adquiere una pátina casi irreal.
 
Cuesta imaginar la platea sin butacas, la escena convertida en pista, el vals del Emperador abriendo paso al tango, la policía vigilando discretamente tras los cortinados.
 
Y, sin embargo, ocurrió.
 
Durante unos pocos veranos, el templo mayor del arte argentino se permitió jugar a ser otro. Se puso máscara. Se dejó tentar por la risa y el disfraz.
 
Siempre dentro de los límites del reglamento.
 
Porque en Buenos Aires, incluso el carnaval —cuando llega al Colón— tiene partitura, horario y artículo décimo.
 
Y tal vez allí resida su encanto más profundo: en esa nostalgia de una ciudad que sabía celebrar sin renunciar a su elegancia.
 
 
Víctor Fernández
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