Avanti a Lui
Mares que cantan: cuando el Mediterráneo sube al escenario
El Mediterráneo no necesita agente artístico: se representa solo. Desde hace siglos invade la ópera con tempestades, exilios, intrigas políticas y regresos imposibles. No siempre figura en el cartel —no veremos “Gran estreno del Mar Tirreno, función única”—, pero su presencia es tan determinante como la del tenor de turno.
Tomemos el Adriático. La tormenta inicial de Otello de Giuseppe Verdi es una de las más formidables páginas marinas jamás escritas. Antes de que el moro de Venecia pise el escenario, el mar ya ha hablado: viento, metales, coro en tensión, un oleaje orquestal que no describe el paisaje sino el destino. Verdi no ilustra la tormenta; la convierte en personaje. El Adriático no es fondo, es presagio.
En el mar de Liguria, en cambio, el agua es política. En Simon Boccanegra, también de Verdi, Génova mira al mar como quien mira su razón de ser. El antiguo corsario convertido en dogo gobierna una república cuyo pulso late en el puerto. Las olas no rugen como en Otello; murmuran intrigas. El trasfondo marítimo es comercio, poder, diplomacia. El mar no destruye: sostiene y condiciona. Allí el horizonte es frontera y tentación.
Más hacia el Egeo, el mar adopta un carácter mitológico. En Idomeneo de Wolfgang Amadeus Mozart, una tormenta desencadena el conflicto central: el rey de Creta promete a Neptuno sacrificar al primer ser que encuentre si sobrevive al naufragio. Naturalmente, ese ser resulta ser su propio hijo. El mar, caprichoso y divino, no admite cláusulas pequeñas. Aquí no hay política, sino teología acuática.
Y si de travesías hablamos, pocas tan ambiciosas como las de Les Troyens de Hector Berlioz. Desde la caída de Troya hasta Cartago, el Mediterráneo oriental es escenario de exilio y fundación. Berlioz despliega un mar épico, vasto, casi cinematográfico antes del cine. Las aguas no son obstáculo: son el espacio donde se construye la historia.
Podría pensarse que el Mediterráneo es siempre igual —azul, solar, amable—, pero la música lo contradice. En Verdi es amenaza y poder. En Mozart es voluntad divina. En Berlioz, epopeya. Cambia la geografía, cambia la armonía.
Hay, además, una ironía silenciosa: la mayoría de estos compositores no necesitaba vivir frente al mar para describirlo con precisión emocional. Bastaba comprender que el mar, como la música, es movimiento continuo. No se deja fijar, pero impone ritmo.
Quizá por eso el Mediterráneo sigue regresando a los escenarios. Porque en él confluyen comercio y mito, guerra y poesía, política y amor. Porque ofrece tormentas espectaculares para abrir un acto y horizontes simbólicos para cerrarlo.
En definitiva, la ópera entendió algo que los cartógrafos sabían desde antiguo: los mares no separan territorios. Los conectan. Y en el escenario lírico, conectan destinos.
Víctor Fernández
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