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Shostakovich y la Sinfonía Leningrado: de la guerra al Teatro Colón
 
Cuando la Sinfonía Nº 7 en do mayor, Op. 60 Leningrado de Dmitri Shostakovich vuelve a sonar en Buenos Aires, no se trata simplemente de la programación de una partitura monumental del siglo XX: se reactiva uno de los símbolos musicales más potentes de la historia contemporánea.
 
La Séptima comenzó a gestarse en julio de 1941, pocas semanas después de la invasión nazi a la Unión Soviética. Shostakovich escribió los tres primeros movimientos en la sitiada Leningrado, ciudad que quedaría cercada por el ejército alemán en uno de los asedios más devastadores de la Segunda Guerra Mundial. En septiembre fue evacuado junto a su familia y trasladado a Kuibyshev —hoy Samara— donde concluyó la obra el 27 de diciembre de 1941.
 
El estreno tuvo lugar el 5 de marzo de 1942 en Kuibyshev, con la Orquesta del Teatro Bolshoi dirigida por Samuil Samosud y transmitido a toda la Unión Soviética. Pero el acontecimiento que fijó definitivamente su dimensión legendaria fue la ejecución del 9 de agosto de 1942 en la propia Leningrado sitiada, dirigida por Karl Eliasberg con los músicos sobrevivientes de la radio local y refuerzos improvisados. La obra fue amplificada hacia la ciudad y, simbólicamente, hacia las líneas alemanas. La música como resistencia.
 
La partitura fue microfilmada y enviada a Estados Unidos, donde Arturo Toscanini la dirigió el 19 de julio de 1942 con la NBC Symphony Orchestra en Nueva York, consolidando su impacto internacional.
 
¿Sinfonía de guerra o denuncia universal?
 
Durante años la lectura oficial presentó la obra como una respuesta directa al nazismo. El célebre “tema de la invasión” del primer movimiento —ese ostinato creciente que recuerda al Bolero de Ravel— fue identificado con la maquinaria militar alemana avanzando inexorablemente.
 
Sin embargo, con el tiempo surgieron interpretaciones más complejas. Testimonios atribuidos al compositor sugieren que la obra no estaría dirigida exclusivamente contra Hitler, sino contra todo sistema totalitario, incluyendo el estalinismo que asfixiaba la vida cultural soviética. Bajo esa luz, la Séptima trasciende el episodio bélico y se convierte en una denuncia sonora de la opresión en cualquiera de sus formas.
 
La primera ejecución en Buenos Aires
 
Según nuestros datos hemerográficos, la primera ejecución en Buenos Aires de la Sinfonía Nº 7 tuvo lugar el 2 de abril de 1943 en el Teatro Gran Rex, bajo la dirección de Juan José Castro, con transmisión de Radio Belgrano. En plena Segunda Guerra Mundial, el público porteño escuchaba así una obra que todavía era actualidad ardiente.
 
Castro —figura central de la vida musical argentina— asumía la presentación de una partitura de dimensiones excepcionales, tanto por su extensión como por su significado político y simbólico. El Gran Rex se convertía, en ese contexto, en caja de resonancia de un drama europeo aún en curso.
 
Ejecuciones más recientes en Buenos Aires
 
En tiempos más cercanos, la obra ha reaparecido de manera espaciada, confirmando su carácter de acontecimiento cada vez que se programa.
 
Las últimas ejecuciones registradas en la ciudad fueron:
 
Abril de 2023, por la Orquesta Sinfónica Nacional, dirigida por Emmanuel Siffert, en el entonces CCK (hoy Palacio Libertad), Auditorio Nacional. En ese programa se interpretó además Alma, Op. 22 de Pablo Llamazares (estreno).
 
Septiembre de 2006, por la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires, dirigida por Arturo Diemecke, en el Teatro Colón, dentro del Abono Filarmónic. El programa incluyó también la Passacaglia de Peter Grimes de Benjamin Britten.
 
La distancia temporal entre estas ejecuciones da cuenta de la magnitud logística y artística que exige la partitura, cuya orquestación es verdaderamente monumental: ocho trompas, seis trompetas, seis trombones, amplia percusión, dos arpas, piano y una cuerda reforzada que otorga a la masa sonora una densidad casi arquitectónica.
 
Arquitectura sonora y vigencia
 
El primer movimiento despliega el célebre crescendo del “tema de la invasión” en una serie de variaciones que culminan en un clímax brutal. El segundo adopta forma de scherzo con reminiscencias mahlerianas; el tercero expone un coral sombrío de resonancias casi litúrgicas; el final retoma y transforma el material inicial en una conclusión que puede leerse como triunfo, ironía o ambigüedad purificada.
 
Cada nueva ejecución reactualiza esas capas de significado. Desde el sitio de Leningrado hasta el presente, la Séptima sigue planteando una pregunta incómoda: ¿es música de propaganda, testimonio histórico o denuncia universal?
 
Quizá su grandeza resida precisamente en no agotarse en una sola respuesta.
 
 
Víctor Fernández