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Política, aristocracia y ópera: cuando el poder también se sienta en el palco
 
Desde hace más de cuatro siglos, la ópera ofrece un curioso espectáculo doble. Sobre el escenario se desarrollan tragedias de reyes, conspiraciones palaciegas, ambiciones desmesuradas y caídas estrepitosas. En los palcos —con frecuencia— se sientan quienes conocen esos asuntos de primera mano.
 
No es casual: desde las cortes barrocas hasta las democracias contemporáneas, el poder político ha encontrado en los teatros de ópera un escenario ideal donde mostrarse, celebrar la cultura… y, de paso, participar discretamente de otro espectáculo paralelo que se desarrolla fuera del libreto.
 
Reyes, príncipes y mecenas
 
Antes incluso de que los políticos modernos ocuparan los palcos, la ópera fue un arte profundamente ligado a las monarquías europeas.
 
Entre las figuras más fascinantes se encuentra Ludwig II de Baviera, el célebre rey cuya devoción por la música de Richard Wagner cambió para siempre la historia del género. Ludwig no sólo protegió al compositor cuando su carrera atravesaba dificultades económicas: financió generosamente sus proyectos y permitió que Wagner realizara uno de sus sueños más ambiciosos, el Teatro del Festival de Bayreuth.
 
Sin ese apoyo real difícilmente hubiera existido el Festspielhaus ni el monumental ciclo del Ring des Nibelungen.
 
Durante siglos, la ópera fue el arte predilecto de las cortes europeas. Viena, Dresde, San Petersburgo o Nápoles desarrollaron sus tradiciones musicales bajo el patrocinio directo de emperadores y monarcas.
 
Emperadores y revoluciones
 
Uno de los ejemplos históricos más claros del vínculo entre política y ópera es el de Napoleon Bonaparte. Gran aficionado al teatro y a la música, el emperador comprendió perfectamente el valor simbólico de la vida cultural. Durante su gobierno reorganizó la estructura teatral parisina y convirtió la ópera en una vitrina del poder imperial.
 
En el siglo XIX, la ópera incluso se transformó en una forma de expresión política. El nombre de Giuseppe Verdi se convirtió en una consigna patriótica durante el proceso de unificación italiana. El célebre “Viva Verdi” que resonaba en los teatros significaba en realidad Vittorio Emanuele Re d’Italia. El público parecía aclamar a un compositor, cuando en realidad estaba haciendo política.
 
Nada más operístico que eso.
 
El Teatro Colón y el presidente melómano
 
En la Argentina, el gran escenario donde cultura, sociedad y poder se encuentran inevitablemente es el Teatro Colón.
 
Entre las figuras políticas más estrechamente vinculadas con la vida musical del país sobresale la del presidente Marcelo Torcuato de Alvear. Aristócrata cosmopolita, refinado y profundamente ligado al ambiente cultural europeo, Alvear fue un habitué del Colón tanto antes como durante su presidencia (1922–1928).
 
Su relación con el mundo lírico tenía además un carácter particularmente singular: su esposa, la soprano portuguesa Regina Pacini, había desarrollado una destacada carrera internacional antes de su matrimonio. Pacini había cantado en importantes teatros de Europa y América donde obtuvo grandes éxitos a comienzos del siglo XX.
 
Las listas de abonados del Colón durante aquellos años permiten reconstruir con bastante precisión el mapa social del público del teatro. En el Gran Abono de 1927 aparecen numerosos nombres de la aristocracia y la alta sociedad porteña: Adelia Harilaos de Olmos, además de apellidos como Pereyra Iraola, Devoto, Bosch, Unzué de Alvear, Dellepiane, Campos Urquiza, Gramajo Machado y Susini, entre muchos otros.
 
El Colón funcionaba así como una suerte de parlamento social donde aristócratas, diplomáticos, empresarios y dirigentes políticos se encontraban bajo el mismo techo… mientras sobre el escenario cantaban Caruso, Ruffo o Gigli.
 
Presidentes, ministros y habitués del palco presidencial
 
La tradición de presencia política en el Colón continuó a lo largo del siglo XX y comienzos del XXI. Entre los mandatarios que asistieron a funciones desde el palco presidencial (en realidad se trata del Palco Avant-scène del primer piso), fuera de las funciones oficiales, pueden mencionarse a Juan Domingo Perón y su esposa Eva DuarteArturo Frondizi y, décadas más tarde, a Fernando de la Rúa. En este último caso, era habitual ver en el palco presidencial a sus hijos, que frecuentaban con regularidad las funciones de ópera y conciertos sinfónicos.
 
La relación entre política y teatro también se reflejaba en la vida social del público habitual. El padre del ex jefe de gobierno porteño Horacio Rodríguez Larreta —quien fue ministro durante el gobierno de Frondizi— figuraba entre los abonados del teatro, lo que muestra hasta qué punto la tradición de asistir al Colón se transmitía también dentro de ciertos círculos políticos y familiares.
 
Entre figuras de la vida pública contemporánea que mantienen ese vínculo con el teatro pueden mencionarse al ex ministro de Justicia Mariano Cúneo Libarona, al economista Carlos Melconian y al neurólogo y diputado Facundo Manes, nombres que continúan una larga tradición de presencia política en la sala.
 
Tres anécdotas del Colón social
 
La vida social del Colón en los años veinte tenía sus propias reglas no escritas.
 
Una de las más curiosas era la puntualidad estratégica. Algunos miembros de la alta sociedad entraban deliberadamente tarde a la sala para que su llegada coincidiera con un momento de luz en la platea o durante el primer aplauso importante. La entrada tardía funcionaba así como una especie de desfile social cuidadosamente calculado.
 
Otra tradición era la del intervalo como acontecimiento mundano. Durante los entreactos, el foyer se transformaba en un salón de sociedad donde se discutía política, se cerraban negocios y se intercambiaban noticias. Para ciertos asistentes, el entreacto era tan importante como el segundo acto de la ópera.
 
También existía una verdadera geografía de los palcos. Determinadas familias conservaban los mismos abonos durante generaciones, y los espectadores habituales sabían perfectamente quién ocupaba cada palco incluso antes de que comenzara la función.
 
Mujica Lainez y la memoria del Colón
 
Uno de los observadores más agudos de ese mundo fue el escritor Manuel Mujica Lainez (conocido como Manucho), él mismo un asistente habitual del teatro y casado con Ana de Alvear Ortiz Basualdo Elía, ambos pertenecientes a familias patricias argentinas.
 
En su libro El gran teatro, Mujica Lainez describe con ironía y elegancia ese universo social que rodeaba al Colón. En sus páginas aparece un teatro donde convivían dos espectáculos simultáneos: el que tenía lugar sobre el escenario y el que se desarrollaba en los palcos.
 
El escritor retrata con humor a los personajes de la sociedad porteña que acudían al teatro no sólo para escuchar a los grandes cantantes sino también para participar de ese ritual social que convertía cada función en una ceremonia pública.
 
Diplomacia y galas en el Colón
 
Décadas más tarde, el teatro continuó siendo escenario de la diplomacia cultural argentina.
 
Durante la presidencia de Carlos Menem, el Colón fue sede de numerosas veladas oficiales vinculadas a visitas de jefes de Estado. Uno de los episodios más recordados fue la presencia del mandatario argentino junto a reina Sofía de España durante una función de gala organizada con motivo de su visita oficial al país.
 
En aquellas veladas el palco presidencial reunía a representantes del gobierno, del cuerpo diplomático y de la sociedad porteña. Entre las figuras visibles de la política de los años noventa se encontraba también María Julia Alsogaray.
 
Dictadores en el palco
 
El siglo XX ofreció también ejemplos más ambiguos. El régimen de Benito Mussolini comprendió muy bien el valor simbólico de las grandes instituciones culturales italianas. Las inauguraciones de temporada del Teatro alla Scala adquirían bajo su presencia un carácter casi ceremonial.
 
Cultura y política en Washington
 
En Estados Unidos, la relación entre política y artes escénicas tiene una dimensión institucional particularmente visible en el John F. Kennedy Center for the Performing Arts.
 
Durante la presidencia de Donald Trump, el centro se vio envuelto en intensos debates culturales. La administración impulsó cambios en su directorio e iniciativas que vinculaban el nombre del mandatario con determinadas áreas del complejo.
 
Las tensiones no tardaron en reflejarse en el ámbito artístico. La soprano Renée Fleming canceló presentaciones previstas en el centro, mientras que el compositor Philip Glass decidió suspender el estreno mundial de una nueva sinfonía que debía presentarse allí.
 
El clima de controversia alcanzó incluso a las instituciones residentes: la Washington National Opera anunció su retiro de la programación del Kennedy Center.
 
Una vez más, el teatro se convertía en escenario de las tensiones del poder.
 
Cuando la ópera habla de política
 
La política no sólo está en los palcos. También está en la escena.
 
Muchas de las grandes obras del repertorio giran en torno al poder: Don Carlo, Simon Boccanegra, Boris Godunov o incluso Nixon in China.
 
Políticos que también fueron músicos
 
El ejemplo más célebre es el del rey prusiano Frederick el Grande, apasionado flautista y compositor, amigo personal de Johann Sebastian Bach.
 
Dos escenarios en un mismo teatro
 
Tal vez por eso la ópera sigue fascinando tanto al poder: porque, en el fondo, sus argumentos hablan exactamente de lo mismo que la política.
 
Ambición, gloria, conspiración, caída… y, ocasionalmente, redención.
 
La única diferencia es que en el teatro todo está escrito en la partitura.
En la política, en cambio, el libreto suele improvisarse sobre la marcha… aunque no falten nunca ni el coro ni los aplausos.
 
 
Víctor Fernández