Avanti a Lui

La Pascua y la música: cuando el calendario religioso inspira algunas de las grandes obras de la historia
 
La forma en que se determina la Pascua —el primer domingo después de la primera luna llena posterior al equinoccio de primavera— no solo organiza el calendario litúrgico cristiano desde el Concilio de Nicea en el año 325. Durante siglos, esa fecha móvil también ha marcado el ritmo de una parte fundamental de la historia de la música occidental.
 
En efecto, el ciclo que va desde la Cuaresma hasta la Semana Santa y la Pascua constituyó durante siglos el centro espiritual del año religioso europeo. Las catedrales, monasterios y capillas reales encargaban música específica para cada una de estas ceremonias, dando origen a un repertorio que hoy forma parte del patrimonio musical universal.
 
Ya en el Renacimiento, compositores como Tomás Luis de Victoria y Giovanni Pierluigi da Palestrina escribieron conmovedoras Lamentaciones de Jeremías, destinadas a los llamados Oficios de Tinieblas, celebraciones nocturnas de los últimos días de la Semana Santa. En ese mismo contexto surgieron obras que aún hoy se interpretan regularmente, como el célebre Miserere de Gregorio Allegri, compuesto en el siglo XVII para la Capilla Sixtina y durante mucho tiempo rodeado de un aura casi legendaria.
 
El Barroco multiplicó este repertorio con obras que exploraban musicalmente los episodios de la Pasión. En Francia, François Couperin compuso sus refinadas Leçons de ténèbres, mientras que Marc-Antoine Charpentier escribió numerosos oratorios y motetes dedicados a los relatos evangélicos de la Pasión. En Italia, la tradición del oratorio alcanzó una notable expansión con compositores como Alessandro Scarlatti, autor de varias obras centradas en los episodios del Viernes Santo.
 
El momento culminante de esta tradición llegó en el siglo XVIII con Johann Sebastian Bach, cuyas monumentales Pasión según San Mateo y Pasión según San Juan fueron concebidas para el servicio litúrgico del Viernes Santo en Leipzig. Estas obras, que hoy se interpretan en las principales salas de concierto del mundo, forman parte del repertorio pascual por excelencia y constituyen una de las cumbres del arte musical occidental.
 
El mismo siglo produjo otra obra singular vinculada a la Semana Santa: Las siete últimas palabras de Cristo en la cruz de Joseph Haydn, escrita originalmente para acompañar la meditación del Viernes Santo en la catedral de Cádiz. La obra, concebida primero como música instrumental y posteriormente adaptada para coro y orquesta, se transformó en uno de los testimonios más profundos de la espiritualidad musical del clasicismo.
 
El tema del dolor de la Virgen ante la crucifixión inspiró asimismo una de las páginas más conmovedoras del repertorio sacro: el Stabat Mater de Giovanni Battista Draghi, llamado Pergolesi, compuesto en 1736 y convertido desde entonces en una de las obras más interpretadas durante la Semana Santa. A esta tradición se sumaron posteriormente otros compositores, entre ellos Gioachino Rossini, cuyo Stabat Mater del siglo XIX une la intensidad religiosa con el lirismo operístico propio del compositor.
 
El Romanticismo amplió aún más este universo musical. Obras como el Réquiem alemán de Johannes Brahms, aunque no concebidas específicamente para la liturgia pascual, suelen asociarse al clima espiritual de reflexión sobre la muerte y la esperanza que caracteriza este período del calendario cristiano.
 
Durante el siglo XX, la tradición continuó renovándose con obras de gran intensidad dramática. El Stabat Mater de Francis Poulenc y la poderosa Pasión según San Lucas de Krzysztof Penderecki muestran cómo el lenguaje musical contemporáneo pudo reinterpretar los textos y símbolos de la Pasión. También el compositor estonio Arvo Pärt ha contribuido a este repertorio con obras como Passio Domini Nostri Jesu Christi secundum Joannem, inspirada directamente en el relato evangélico.
 
Curiosamente, el tema pascual también dejó su huella en el teatro musical y la ópera, donde la dimensión simbólica de la redención y la resurrección encontró nuevas formas de expresión. En el repertorio operístico, uno de los ejemplos más evidentes es Parsifal de Richard Wagner, obra que el propio compositor definió como un “festival escénico sacro” y cuya acción se desarrolla durante el Viernes Santo, en una atmósfera de contemplación y redención espiritual.
 
También el verismo italiano dejó una huella pascual con Cavalleria rusticana de Pietro Mascagni, cuya trama transcurre durante el Domingo de Pascua en un pequeño pueblo siciliano. La célebre escena de la procesión y el canto coral del Regina Coeli sitúan la acción dramática en el corazón mismo de la festividad cristiana.
 
En el ámbito sinfónico, la idea de resurrección inspiró igualmente una de las grandes obras del repertorio romántico tardío: la Segunda Sinfonía “Resurrección” de Gustav Mahler, cuyo final coral evoca la esperanza de la vida eterna y se ha convertido en una de las expresiones más poderosas del simbolismo pascual en la música sinfónica.
 
La celebración pascual también ocupa un lugar central en la tradición musical de las iglesias orientales. Un ejemplo particularmente célebre es la Obertura de la Gran Pascua Rusa de Nikolái Rimski-Kórsakov, obra sinfónica basada en antiguos cantos litúrgicos de la Iglesia ortodoxa que recrea el clima solemne y festivo de la celebración de la Pascua en la tradición rusa.
 
En la tradición judía, por su parte, la Pascua —Pésaj— generó su propio repertorio musical ligado al ritual del Séder, la cena que recuerda la liberación del pueblo de Israel de la esclavitud en Egipto. Cantos tradicionales como Chad Gadya o Dayenu forman parte esencial de esa celebración. En el siglo XX, compositores como Ernest Bloch, con su monumental Avodath Hakodesh (Servicio sagrado), y Darius Milhaud, con su Service Sacré, trasladaron ese universo espiritual al ámbito del concierto, recreando musicalmente la atmósfera de la liturgia hebrea.
 
Así, desde las polifonías renacentistas hasta las grandes sinfonías románticas, pasando por la ópera, la música coral ortodoxa y la tradición hebrea, la Pascua ha inspirado obras en múltiples lenguajes musicales. Podría decirse que ese universo simbólico se refleja con especial claridad en una serie de composiciones que atraviesan cinco siglos de historia: las Lamentaciones de Jeremías de Victoria, el Miserere de Allegri, la Pasión según San Mateo de Bach, Las siete últimas palabras de Cristo en la cruz de Haydn, el Stabat Mater de Pergolesi, Parsifal de Wagner, Cavalleria rusticana de Mascagni, la Sinfonía “Resurrección” de Mahler, la Obertura de la Gran Pascua Rusa de Rimski-Kórsakov y el Avodath Hakodesh de Bloch.
 
Desde iglesias renacentistas hasta grandes teatros de ópera y salas sinfónicas contemporáneas, estas obras muestran cómo una misma celebración religiosa ha generado a lo largo de los siglos un extraordinario patrimonio musical que atraviesa culturas, estilos y tradiciones espirituales.
 
Víctor Fernández