Avanti a Lui

Rigoletto: vigorosa reposición de la violenta versión de Mears, con un Elder revelador en el foso
Royal Opera House, Londres
 
Hay algo de Tony Soprano en el Rigoletto de George Petean, dentro de la producción de Oliver Mears de 2021, que evoca un mundo de privilegio, misoginia y abuso. Aida Garifullina compone una Gilda convincente y elegante.
 
Oliver Mears abre su producción de 2021 de Rigoletto con una enfática alusión al blanco original de la ópera de Verdi, el histórico Vincenzo I, acaso el más reprobable de los duques Gonzaga de Mantua. Mujeriego y asesino, Vincenzo fue, sin embargo, un generoso mecenas de las artes, empleando a Rubens y encargando L'Orfeo de Monteverdi. Aquí el telón se alza sobre un tableau vivant, con la iluminación en claroscuro de Fabiana Piccioli visiblemente inspirada en Caravaggio, que revela al duque amante del arte concebido por Mears posando como un minotauro revestido de armadura, espada en mano y listo para matar. Más tarde se lo ve hojeando carpetas de arte renacentista, y sus gustos, al parecer, se inclinan hacia una combinación de pornografía blanda e imágenes de violación.
 
Aunque la escenografía pétrea de Simon Lima Holdsworth sugiere la Mantua renacentista, pronto se hace evidente que esta es una corte donde disfrazarse constituye la norma. Los seguidores del duque aparecen vestidos con llamativas prendas de estar, de aire moderno pero diseñadas por Ilona Karas para reflejar los gustos artísticos de su amo. Forman una caterva singularmente corrupta, entreteniéndolo con danzas zalameras coreografiadas por Anna Morrissey. A la luz de los archivos Epstein, todo esto evoca con excesiva facilidad un mundo dorado de privilegio, misoginia enquistada y abusos consentidos.
 
La violencia física aparece subrayada de principio a fin. La ceguera infligida por el duque a Monterone por mero capricho resulta tan impactante como la escena paralela en El rey Lear, y no muy distinta de la ejecución estremecedora en la reciente Tosca de Mears. La violencia sexual, en cambio, permanece en su mayor parte implícita. Aunque las escenas complejas se aclaran mediante una cuidadosa disposición escénica, hay en ocasiones una dependencia excesiva de gestos operísticos y abrazos románticos que debilitan la verdad expresiva. En cambio, la tormenta del acto III, tumultuosa y empapada, constituye una magnífica irrupción de realismo teatral.
 
El Rigoletto hosco y de cejas pobladas de George Petean es un manojo de culpa con los nervios a flor de piel y un leve aire de Tony Soprano. Cortigiani, vil razza dannata está resuelta con sensibilidad, y su barítono acerado pone de relieve la amarga humillación del bufón. Como Gilda, Aida Garifullina traza un retrato convincente, desde la ingenuidad juvenil hasta la víctima conflictuada de la trata. Con su fraseo elegante, Caro nome se convierte en mucho más que una simple exhibición de coloratura.
 
Iván Ayón Rivas, aunque a veces algo errático, compone un duque impetuoso y descaradamente vanidoso, con un tenor brillante rebosante de encanto italianizante. Es una lástima que La donna è mobile esté situada en un rincón del escenario tan incómodo. William Thomas canta con belleza sombría y una flexibilidad de gran cuerpo sonoro; su Sparafucile cadavérico mezcla al asesino implacable con el artesano satisfecho de sí mismo. En contraste, la Maddalena empapada en alcohol de Anne Marie Stanley adquiere una figura casi simpática, obligada a ejercer su oficio en un dormitorio particularmente sórdido.
 
Al timón se encuentra Mark Elder, director verdiano de inmensa experiencia, cuya conducción mesurada de la partitura y cuya atención al detalle instrumental resultan a menudo reveladoras. Su enfoque reflexivo garantiza peso emocional y flexibilidad lírica, sin dejar nunca de hacer valer la fuerza dramática de la obra.
 
En la Royal Opera House de Londres, hasta el 23 de abril.
 
Créditos:
Autor: Clive Paget
Medio: The Guardian
 
 
Víctor Fernández