Avanti a Lui

Bálticos y escandinavos: dos maneras de llegar al podio
 
Se habla con frecuencia de los directores bálticos y escandinavos como si formaran una sola constelación estética, una misma escuela del Norte, sobria, rigurosa y enemiga de la exageración. Pero basta mirar con un poco más de detenimiento sus trayectorias para advertir que bajo esa etiqueta conviven, en realidad, dos tradiciones emparentadas y, al mismo tiempo, distintas. En una, la báltica, pesan la herencia rusa, la disciplina de conservatorio y una relación muy intensa con el sinfonismo centroeuropeo y eslavo; en la otra, la escandinava —tomando aquí el término en sentido amplio, con Finlandia incluida—, se perciben más claramente la transparencia de texturas, el gusto por la arquitectura sonora, una cercanía mayor con la música contemporánea y, a menudo, una manera menos teatral y más analítica de construir el discurso musical. No son fronteras rígidas, desde luego; son, más bien, tendencias de familia.
 
En el ámbito báltico, la figura patriarcal sigue siendo Neeme Järvi, nacido en Estonia en 1937, formado en Tallin y luego en el Conservatorio de Leningrado, donde estudió con maestros vinculados a la tradición soviética. Su carrera, vastísima y de una fertilidad discográfica excepcional, pasó por Gotemburgo, Detroit, la Royal Scottish National Orchestra, la New Jersey Symphony y la Estonian National Symphony, entre otras instituciones; pero su verdadera importancia está en haber dado al director báltico moderno un perfil reconocible: repertorio muy amplio, instinto teatral, velocidad de respuesta, autoridad rítmica y una relación muy natural con la gran tradición orquestal europea. En su estela se formó también una verdadera dinastía, de la que sobresale su hijo Paavo Järvi, hoy director musical de la Tonhalle-Orchester Zürich, director artístico de la Deutsche Kammerphilharmonie Bremen y fundador de la Estonian Festival Orchestra. Si Neeme parece encarnar el impulso expansivo de esa tradición, Paavo representa su refinamiento: una línea más depurada, más clásica en el perfil, menos impulsiva y más esculpida en la articulación.
 
A ese linaje pertenece también Mariss Jansons, quizá la figura báltica más admirada de las últimas décadas. Nacido en Riga, formado en San Petersburgo y perfeccionado en Viena y Salzburgo, Jansons hizo del Oslo Philharmonic, del Royal Concertgebouw Orchestra y de la Bavarian Radio Symphony Orchestra tres capítulos memorables de una misma carrera. La crítica tendió a describirlo como un director de equilibrio difícil: intenso, pero nunca desbordado, meticuloso sin sequedad, dueño de una energía capaz de inflamar Chaikovski o Shostakovich sin perder nunca la compostura de la línea. Un crítico de The Guardian habló, por ejemplo, de la exquisita pulimentación y del balance ideal de su orquesta muniquesa; otro escribió que su Patética de Chaikovski estaba “entre las más grandes”. Esa mezcla de detalle, tensión acumulativa y nobleza de fraseo sigue siendo, acaso, uno de los signos más persuasivos de la sensibilidad báltica.
 
La generación siguiente encuentra en el letón Andris Nelsons una figura igualmente reveladora. Hoy director musical de la Boston Symphony Orchestra y Gewandhauskapellmeister en Leipzig, Nelsons viene de otro tipo de teatralidad: la del foso, la ópera, la respiración ancha de la gran frase romántica. Sus biografías insisten en la amplitud de su visión y en el peso que han tenido en su trayectoria las alianzas entre Boston y Leipzig, así como sus ciclos de Shostakovich, Bruckner y Strauss. Pero lo que más lo distingue es quizá una combinación de calor expresivo y elasticidad. Cuando acierta, su gesto parece hacer respirar la orquesta desde dentro; cuando se excede, algunos críticos le reprochan justamente un exceso de afecto o una tendencia a demorarse en la belleza del sonido. En cualquier caso, Nelsons confirma un rasgo frecuente en los bálticos: el impulso emocional sigue estando muy presente, aun cuando se ejerza con enorme control técnico. Y en una línea más joven y móvil, la lituana Mirga Grazinyte-Tyla ha añadido a ese mundo una energía de programación más audaz y una relación intensa con la música menos transitada, desde su paso por Birmingham hasta su reciente nombramiento como principal guest conductor de la Orchestre Philharmonique de Radio France a partir de 2026-27.
 
Si se pasa al lado escandinavo, el panorama cambia de color. Herbert Blomstedt, nacido en Estados Unidos de padres suecos y formado en Uppsala, Nueva York, Darmstadt y Basilea, es una figura casi arquetípica de ese otro ideal: sobriedad, estructura, claridad, ausencia de énfasis retórico. Sus carreras en Dresde, San Francisco, Leipzig y otras plazas centrales del repertorio germánico lo convirtieron en uno de los grandes guardianes de Beethoven, Brahms, Bruckner y Nielsen. La crítica contemporánea sigue describiendo su arte en términos de equilibrio, precisión y control del pulso interno: un enfoque “unificado y sin exhibicionismo”, una manera de dejar que las grandes líneas se desplieguen sin afectación, una claridad casi moral. Blomstedt demuestra que la tradición escandinava puede ser profundamente expresiva sin necesidad de buscar el exceso ni el subrayado.
 
En el caso finlandés, la escuela se vuelve todavía más reconocible. Esa-Pekka Salonen encarna como pocos la unión entre dirección y composición: fue el gran artífice del ascenso internacional de la Los Angeles Philharmonic, más tarde director musical de la San Francisco Symphony, y hoy ha sido llamado nuevamente por Los Ángeles como Creative Director y por París como futuro Principal conductor de la Orchestre de Paris. Pero su perfil no se entiende sólo por los cargos. Salonen piensa la música desde la estructura, el timbre, la velocidad de reacción y la composición misma del sonido; incluso cuando dirige a Debussy, Shostakovich o Mahler, hay en él una mente de compositor organizando planos, densidades y tensiones. Las críticas más agudas han subrayado justamente esa mezcla de virtuosismo, intensidad y transparencia. Algo semejante, aunque por otro camino, puede decirse de Susanna Mälkki, quien fue Chief conductor de la Helsinki Philharmonic y hoy es una de las grandes figuras internacionales tanto en repertorio contemporáneo como en ópera. The Guardian habló en su caso de “luminosidad”, “claridad” y una capacidad singular para volver ligera hasta la orquesta más densa; su propia biografía la muestra, además, como una artista especialmente asociada al siglo XX y XXI.
 
También Sakari Oramo y Hannu Lintu ayudan a definir esa sensibilidad. Oramo, violinista de origen y luego director de la City of Birmingham Symphony Orchestra, de la Finnish Radio Symphony, de la Royal Stockholm Philharmonic y de la BBC Symphony Orchestra, representa muy bien la combinación nórdica de control, ductilidad y curiosidad por el repertorio menos transitado; no es casual que haya sido un defensor de John Foulds y de la música contemporánea tanto como de Sibelius o Elgar. Lintu, por su parte, actual director musical de la Orquestra Gulbenkian y Chief conductor de la Finnish National Opera and Ballet, muestra hasta qué punto esa tradición se siente cómoda tanto en el sinfonismo como en el teatro. Y ya en la nueva generación, Klaus Mäkelä y Tarmo Peltokoski parecen empujar esa escuela hacia una velocidad histórica aún mayor: Mäkelä ya ocupa París y prepara Amsterdam y Chicago; Peltokoski asumirá la dirección musical de la Hong Kong Philharmonic en 2026-27. En ambos casos, la juventud no ha suprimido los rasgos del norte: concentración, claridad gestual, sonido trabajado desde la base y una notable ambición de repertorio.
 
La comparación, por supuesto, admite excepciones. No todos los bálticos son incendiarios ni todos los escandinavos son ascéticos. Pero si hubiera que arriesgar una síntesis, podría formularse así: en los bálticos suele percibirse una relación más caliente con el drama, con la densidad emocional y con la herencia ruso-centroeuropea; en los escandinavos, una mayor tendencia a la transparencia, a la ingeniería del sonido y a la organización arquitectónica de la partitura. Unos parecen llegar con frecuencia al centro emocional desde la tensión; los otros, desde la claridad. Unos tienden a oscurecer y densificar; los otros, a ventilar y ordenar. Y, sin embargo, ambos mundos comparten una misma virtud: la convicción de que la autoridad del director no nace del gesto grandilocuente, sino del pensamiento musical.
 
Tal vez por eso tantos de sus nombres dominan hoy el podio internacional. Porque más allá de las diferencias nacionales, los directores bálticos y escandinavos han aportado algo que el mundo sinfónico sigue valorando por encima de todo: una combinación de rigor, identidad y seriedad artística que resiste tanto la moda como el ruido. En un tiempo cada vez más inclinado al impacto rápido, el Norte sigue produciendo directores que parecen recordar una verdad antigua: que el podio no es un lugar para exhibirse, sino para escuchar mejor.
 
 
 
Víctor Fernández
www.avantialui.org   © 2026
 
 
Estimados integrantes:
 
Quiero contarles que estamos iniciando una transición en nuestra forma de comunicación.
 
Durante un tiempo, la información se seguirá publicando tanto en este grupo como en nuestro nuevo canal de WhatsApp. Sin embargo, con el correr del tiempo, las publicaciones pasarán a realizarse exclusivamente en el canal.
 
Este cambio tiene por finalidad ordenar mejor la comunicación y brindar mayor privacidad a todos los seguidores, ya que en el canal no se ven los números telefónicos ni la identidad de los demás integrantes.
 
Les pido, por favor, que se sumen al canal en el siguiente enlace:
 
 
Durante este período de transición, este grupo continuará activo. Más adelante, dejará de utilizarse para publicaciones habituales.
 
Muchas gracias.