Avanti a Lui

Sadler’s Wells y el tiempo en escena: Kontakthof, Echoes of ’78 devuelve a Pina Bausch desde la memoria viva de sus intérpretes
 
En la cartelera londinense de estos días, pocas propuestas han despertado una emoción tan inmediata como Kontakthof, Echoes of ’78, presentado en Sadler’s Wells dentro del Elixir Festival. La razón no está sólo en el peso histórico de la obra de Pina Bausch, estrenada originalmente en 1978, sino en el dispositivo de esta nueva encarnación: el escenario vuelve a ser habitado por nueve de sus intérpretes originales, hoy ya en sus setenta y ochenta años, en diálogo con imágenes de archivo de sus propios cuerpos jóvenes y con la memoria de compañeros que ya no están. La producción puede verse en Londres del 7 al 11 de abril de 2026.
 
La crítica británica recibió el acontecimiento con visible entusiasmo. The Guardian habló de una función de una potencia extraordinaria, construida sobre esa coexistencia entre la energía pasada y la fragilidad presente, entre el temblor del recuerdo y la persistencia del gesto escénico. The Times, por su parte, subrayó que la reposición no se limita a celebrar la nostalgia: el trabajo reconfigura la pieza desde la edad, la experiencia y el desgaste físico, sin perder el filo emocional ni la ironía amarga que definían a la original. En ambas lecturas aparece una misma idea: la obra conmueve porque vuelve visible el paso del tiempo sin resignarse a convertirlo en elegía.
 
El punto de partida sigue siendo Kontakthof, una de las piezas fundamentales del universo de Bausch, una coreografía-teatro sobre los rituales de aproximación, crueldad, seducción y exposición entre hombres y mujeres en un salón de baile. Pero Echoes of ’78 no es una simple reposición. Está concebida como un nuevo encuentro con la obra, desarrollado por Meryl Tankard, que integró el elenco original, y pone en escena a esos mismos intérpretes en su edad actual, mientras proyecciones de archivo los muestran tal como eran casi medio siglo atrás. Sadler’s Wells define precisamente el resultado como una “interacción conmovedora entre pasado y presente”.
 
Ese juego de espejos parece ser el corazón mismo del acontecimiento. Lo que antes en Bausch podía leerse como exploración de la violencia cotidiana del deseo, del ridículo social y de la soledad en comunidad, hoy adquiere una capa nueva: la de la biografía. El cuerpo ya no es sólo instrumento expresivo, sino también archivo. Y la escena se convierte así en un lugar donde el tiempo no se representa: se exhibe. La aparición de los cuerpos envejecidos junto a sus proyecciones juveniles vuelve la experiencia particularmente intensa, no por contraste morboso, sino porque revela continuidad. Lo que sobrevive no es la destreza intacta, sino la presencia, la huella, la forma personal de habitar el gesto.
 
La recepción crítica ha insistido, además, en que esa vejez escénica no se presenta como carencia. The Guardian habla de vitalidad, elegancia y arrojo; The Times de una dignidad poderosa, reforzada por el hecho de que la coreografía ha sido ajustada a las capacidades actuales de los intérpretes sin diluir su verdad expresiva. Lo que emerge no es una versión disminuida de la obra, sino una transformación de su sentido. La fragilidad física no debilita el material de Bausch: lo vuelve más punzante.
 
Hay algo particularmente coherente en que esto ocurra en Sadler’s Wells, una de las instituciones que más ha trabajado en los últimos años por ampliar la conversación sobre la danza, sus públicos y sus edades. En este caso, la pieza forma parte de Elixir, el festival dedicado a la creatividad en la madurez y al trabajo de artistas mayores. En ese marco, Kontakthof, Echoes of ’78 deja de ser sólo una celebración del legado de Bausch para convertirse también en una intervención muy actual sobre la manera en que el escenario mira los cuerpos envejecidos.
 
La historia misma del proyecto añade otra capa de interés. Un artículo previo de The Guardian, publicado cuando la producción empezaba a tomar forma, recordaba que la propia Bausch había imaginado en distintos momentos versiones de Kontakthof con adolescentes y con personas mayores, como si la obra estuviera destinada a cambiar de edad sin perder su esencia. Echoes of ’78 prolonga esa intuición: no reemplaza el pasado, lo convoca. No restaura una pieza congelada, sino que la deja ser transformada por quienes la hicieron nacer.
 
Hay, por último, una razón más profunda para que esta reposición esté siendo leída como uno de los acontecimientos dancísticos más conmovedores del momento. En una época que suele asociar danza con juventud, velocidad y rendimiento, Kontakthof, Echoes of ’78 devuelve al escenario otra verdad: que el movimiento también puede ser memoria, desgaste, humor, resistencia y experiencia. Y que, a veces, la emoción más intensa no nace del virtuosismo intacto, sino de la simple persistencia del cuerpo que vuelve a decir: sigo aquí.

Fuente

Sadler’s Wells; The Guardian; The Times; Pina Bausch Foundation
 
 
Víctor Fernández
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