Avanti a Lui
El Colón después del smoking
Hay discusiones que, bajo una apariencia menor, esconden una pregunta decisiva sobre la cultura. La que reaparece cada tanto en torno del código de vestimenta del Teatro Colón parece, a primera vista, una simple disputa sobre ropa: si debe volver el smoking, si convendría exigir traje largo, si las llamadas Funciones de Gran Abono deberían recuperar aquella solemnidad visible que durante décadas formó parte de su fisonomía. Pero no se trata sólo de eso. Lo que en verdad se discute es otra cosa: qué entiende hoy una sociedad por ceremonia, qué puede pedirse en nombre de la tradición y hasta dónde un teatro público puede reglamentar la apariencia de sus espectadores sin confundir elegancia con exclusión.
Durante muchos años, el Colón fue también un teatro del rito social. No sólo importaba lo que ocurría en el escenario. Importaba cómo se llegaba, cómo se ocupaba la sala, cómo se veía y cómo se era visto. Las Funciones de Gran Abono, además, tenían un peso particular: eran las primeras del ciclo, se realizaban los martes y estaban rodeadas por una liturgia que excedía largamente el hecho musical. En plateas y palcos, los caballeros debían asistir con smoking y las mujeres con traje de fiesta. El teatro no era únicamente un lugar de representación artística: era también una escena de representación social.
Pero aquel mundo estaba hecho de muchas más cosas que una prenda. Estaban los acomodadores de librea, todos hombres, como parte visible de la prestancia ceremonial de la casa. Estaban los palcos de luto, discretos y elocuentes, que recordaban hasta qué punto el edificio había sabido incorporar a su gramática social las formas del duelo, de la reserva y de la exhibición velada. Estaba, incluso, la antigua organización de los sectores altos de pie, con la separación entre damas y caballeros en cazuela y tertulia, como si la propia arquitectura consagrara una pedagogía del comportamiento público. En ese universo, la etiqueta era una pieza más de una maquinaria compleja de jerarquías, costumbres y signos.
Por eso, cuando se recuerda con nostalgia el viejo código de vestimenta, conviene no recortar una sola reliquia de aquel sistema y presentarla como si pudiera revivir sola. El smoking obligatorio no formaba parte de una isla: pertenecía a una civilización teatral entera, y esa civilización hace tiempo que empezó a desarmarse. No sólo en Buenos Aires. En casi todo el mundo.
También aquí hubo un punto de inflexión preciso. En 2001, bajo el clima de exacerbación política, crispación social y derrumbe económico que marcó a la Argentina de aquellos meses, se suspendió la obligación de asistir con ropa de gala a las funciones de Gran Abono. La medida no fue casual. Respondía a un cambio de atmósfera: la ostentación visible de ciertas formas sociales se había vuelto incómoda, cuando no francamente imprudente. No se trataba únicamente de una cuestión ideológica, sino también de una percepción nueva del espacio público, del humor colectivo y de la seguridad o, al menos, de la sensación de seguridad. La Buenos Aires en la que durante décadas se podía salir al teatro con una tranquilidad casi ritual había dejado de ser la misma.
Sin embargo, aunque la etiqueta cayó, no desapareció del todo la jerarquía simbólica del Gran Abono. Aún hoy esas funciones conservan un precio más alto que otras representaciones con idéntico elenco. Es decir: subsiste una diferencia, pero ya no en la ropa, sino en el valor económico y en la tradición del ciclo. Tal vez ahí se advierta mejor que en ninguna otra parte el núcleo del problema: el Colón no dejó de ser una institución de prestigio, pero sí abandonó la idea de que ese prestigio debía manifestarse de modo obligatorio a través del guardarropa.
El cambio, por otra parte, no es sólo argentino. Durante mucho tiempo Bayreuth y Salzburgo fueron emblemas de una rigurosa teatralidad social. No se asistía a esos festivales como a cualquier función: se iba a una suerte de ceremonia donde la música, la tradición, la clase social y la puesta en escena del espectador componían un mismo tejido. Hoy ya no es así. O, mejor dicho, ya no lo es del mismo modo. La obligación se ha debilitado o ha desaparecido; la expectativa de elegancia permanece, pero más como costumbre que como imposición. Incluso en el Metropolitan de Nueva York, donde las opening nights siguen convocando a muchos asistentes con smoking y vestido largo, esa formalidad funciona como una elección, no como requisito de admisión.
La lección es clara. Los grandes teatros del presente no se distinguen necesariamente por mantener normas inflexibles, sino por haber encontrado modos más inteligentes de preservar la singularidad de la ocasión sin convertirla en una frontera humillante. La ropa de gala persiste, sí, pero como un lenguaje social voluntario, no como una aduana. Y acaso allí resida una de las claves del problema.
Porque hoy la vida misma ha cambiado. Mucha gente va al teatro después de una jornada de trabajo, cruzando la ciudad entre apuros, tránsito, obligaciones y horarios ajustados. Ya no se trata siempre de la salida preparada con calma desde una casa en la que el tiempo de vestirse formaba parte del acontecimiento. Hay espectadores que llegan al Colón directamente desde la oficina, desde una reunión, desde una universidad, desde una guardia médica, desde un día entero que no deja margen para regresar al hogar y cambiarse. Pretender que todos puedan acomodarse a un código rígido de gala equivaldría a ignorar no sólo la diversidad social del público sino también la forma real en que se organiza hoy la existencia urbana.
A esto se añade una cuestión legal y ética nada menor. El Teatro Colón no es un club privado ni una sala exclusiva sostenida por caprichos particulares: es una institución pública de la Ciudad de Buenos Aires. Su razón de ser no puede disociarse del acceso a la cultura. En ese marco, imponer hoy una vestimenta costosa, estricta y además formulada con categorías antiguas —smoking para los hombres, traje de fiesta para las mujeres— no sólo sonaría anacrónico: resultaría difícil de conciliar con el espíritu igualitario y no discriminatorio que rige en la Ciudad. Las normas contemporáneas no miran con buenos ojos aquello que, aun sin decirlo de modo brutal, funciona en los hechos como una barrera social, económica o identitaria. Y un teatro público debe ser especialmente cuidadoso en ese terreno.
Pero cuidado: decir esto no obliga a rendirse ante la informalidad total. Entre la restauración del viejo smoking obligatorio y el vale todo hay un campo vasto, razonable y defendible. Un gran teatro puede perfectamente sostener un código de presentación personal acorde con la dignidad del ámbito. Puede desalentar la ropa de playa, las ojotas, las musculosas, las prendas deportivas ostensiblemente informales, la indumentaria descuidada o las consignas agresivas. Puede pedir, sin violencia ni pedantería, una vestimenta prolija, sobria y respetuosa del carácter de la función. Lo que ya no parece sostenible es convertir ese pedido en un filtro de clase o en un reglamento redactado con la gramática social de otro siglo.
Hay, además, un aspecto que no conviene perder de vista. La ceremonia del teatro no depende sólo de la ropa del público. Depende del modo en que el teatro se presenta a sí mismo. Depende de la atmósfera del ingreso, de la calidad del personal de sala, de la puntualidad, de la iluminación, del orden, del silencio, del trato, del respeto por el comienzo de la función, del cuidado del edificio, de la manera en que una institución se piensa y se ofrece a la ciudad. Tal vez el problema no sea que el smoking ha desaparecido, sino que se ha debilitado una pedagogía más amplia de la urbanidad. Y esa pedagogía no se reconstruye únicamente exigiendo una pechera almidonada.
Los acomodadores de librea pertenecían a un tiempo; hoy hay hombres y mujeres en sala, con una vestimenta laboral mucho más relajada. Ese cambio no debería leerse automáticamente como decadencia. También habla de una sociedad distinta, de una sensibilidad más igualitaria, de un abandono de ciertas teatralidades jerárquicas. Lo mismo ocurre con los palcos de luto o con la antigua separación entre damas y caballeros en cazuela y tertulia: desaparecieron no porque alguien quisiera “rebajar” el teatro, sino porque cambió la manera en que una sociedad entiende el duelo, el género, el decoro y el espacio compartido. No se puede reclamar el regreso de una sola pieza del viejo mecanismo sin aceptar que el mecanismo entero ya no existe.
De modo que la pregunta correcta no es si debe volver el smoking. La pregunta correcta es cuál podría ser hoy, en el Teatro Colón, un código de vestimenta compatible con la tradición, con la legalidad, con la ética pública y con la vida contemporánea. Y la respuesta parece bastante nítida: no el uniforme social de otra época, sino una regla de decoro contemporáneo.
Ese código podría formularse con sencillez. Algo así: se solicita al público concurrir con vestimenta cuidada y acorde al carácter de la función; no se permitirá el ingreso con ropa de playa, ojotas, prendas deportivas manifiestamente informales, indumentaria ofensiva o atuendos impropios de una sala de espectáculos de estas características. Para galas inaugurales o veladas protocolares, podría sugerirse vestimenta formal, pero siempre como recomendación y nunca como causa de exclusión. Esa sería, probablemente, la salida más elegante y más justa.
Ni nostalgia vacía ni indiferencia plebeya. Ni museo social ni estación de paso. El Colón no necesita transformarse en una caricatura de sí mismo para conservar su majestad. Tampoco necesita abdicar de toda exigencia. Puede, más bien, proponer una forma actual de la elegancia: menos rígida, menos ostentosa, menos clasista, pero no por eso menos consciente de que ir a la ópera, al ballet o a un concierto sinfónico sigue siendo, pese a todo, una ocasión singular.
Porque la ceremonia no ha muerto. Sólo ha dejado de hablar el idioma del smoking obligatorio. Y acaso el verdadero desafío del Teatro Colón consista, precisamente, en encontrar para esa ceremonia una lengua nueva.
Víctor Fernández
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