Avanti a Lui

Peter Grimes: belleza y terror en la actual puesta de Deborah Warner

Royal Opera House, Londres

Como el atormentado pescador de Benjamin Britten, Allan Clayton tiene hoy pocos rivales. Su interpretación encuentra correspondencia en un elenco de altísimo nivel, en esta intensa reposición de Peter Grimes en el Royal Opera House.

“¿Quién puede hacer retroceder los cielos y empezar de nuevo?” Esa es la pregunta que Peter Grimes lanza al universo al final de su breve aria del primer acto: dos minutos y medio de una música singular, suspendida, en la que quienes lo rodean lo creen loco o borracho, mientras el público comprende que se trata de un hombre distinto, apartado de los demás, capaz de ver con mayor claridad que todos ellos.

Para alguien que organiza su vida mirando esos cielos, la frase resulta tan concisa como hermosa. Hay, además, una sencillez en la manera en que Allan Clayton la canta que resume el equilibrio entre franqueza y poesía de su composición del personaje, una parte en la que actualmente tiene pocos competidores. Quizá esa misma combinación defina también la puesta de Deborah Warner, trasladada a un pueblo costero inglés contemporáneo, de esos que parecen haber quedado al margen del progreso. La producción posee un realismo casi cotidiano, que invita a tomar todo de manera literal, pero desde el comienzo introduce elementos de carácter fantástico.

En el prólogo, Grimes yace en el centro de la escena, reviviendo en sueños la pesadilla de su comparecencia ante el tribunal, mientras un barco de pesca suspendido desde lo alto cuelga sobre su cabeza como una espada de Damocles. En el interludio orquestal que sigue, una acróbata desciende lentamente por el aire para ser recibida por Grimes, una y otra vez.

La producción de Warner se estrenó en Madrid en 2021 y llegó por primera vez a Londres al año siguiente. Entonces, la imagen de los aldeanos violentos, blandiendo banderas en la escena de la multitud, ya parecía de gran actualidad; hoy lo parece aún más. Sin embargo, hay también una belleza particular en la escenografía de Michael Levine: el fondo puede sugerir tanto la pared azulejada de un mercado portuario de pescado como la inmensidad del mar abierto, según la iluminación de Peter Mumford.

Es precisamente en el contraste entre la cotidianeidad de las cajas plásticas y los elementos de pesca sobre el escenario, y la gracia de los movimientos de la acróbata, donde Warner encuentra una lectura reveladora. El anacronismo de que Grimes tenga como aprendiz a un niño pequeño, y las contradicciones en la relación de ese niño con él —marcada por el miedo, pero también por momentos de ternura infantil— parecen importar menos que las complejidades de la naturaleza humana que esas contradicciones dejan entrever.

Además de Madrid y Londres, la producción se vio en los teatros coproductores de París y Roma. En todas esas etapas, Allan Clayton interpretó el papel titular, y buena parte del resto del elenco se mantuvo, algo poco habitual en una producción operística. El resultado es un conjunto de extraordinaria tensión y cohesión: desde la Ellen Orford emotiva pero práctica de Maria Bengtsson, y el Balstrode áspero de Bryn Terfel, hasta el Hobson burlón de Barnaby Rea.

La única incorporación nueva es Christine Rice, una Mrs Sedley vívida, que forma una dupla de gran chispa con la Auntie resuelta y sin sentimentalismos de Catherine Wyn-Rogers. También es nuevo en el equipo el director musical Jakub Hrusa, titular musical del Royal Opera. En algunos pasajes se toma su tiempo —por ejemplo, en las reflexiones de Balstrode en la taberna, que muestran el respeto precario del que goza el viejo capitán—, pero en general impulsa a la excelente orquesta con una tensión implacable, conduciendo al público de lleno hacia la extraña tragedia de esta ópera.

Las funciones continúan en el Royal Opera House hasta el 28 de mayo.

Créditos:
Texto basado en la crítica Peter Grimes review – beauty and terror in Warner’s topical staging, de Erica Jeal, publicada en The Guardian el 6 de mayo de 2026.
Fuente: The Guardian

Víctor Fernández
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