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Un cumpleaños con menos letras en la fachada

Donald Trump llegó a los 80 años con una de esas escenas que parecen escritas por un libretista con inclinación por la sátira: mientras la Casa Blanca se preparaba para celebrar al presidente con combates de artes marciales mixtas, el Kennedy Center empezaba a despojarse de su nombre. Algunos cumpleaños se festejan soplando velas. Otros, viendo cómo alguien retira letras de una fachada.

La coincidencia tiene algo de argumento de ópera. Hay un protagonista convencido de que su nombre debe resonar por encima de todos los demás; una institución convertida en escenario de disputa simbólica; una orden judicial que entra como el Comendador en Don Giovanni, no para negociar, sino para recordar que ciertas cuentas llegan tarde o temprano. En este caso, la estatua no habló: bastó con que hablara el tribunal.

Trump, que hizo de la inscripción de su apellido una estética, una estrategia y casi una forma de gobierno, encontró en el calendario una pequeña ironía institucional. A las puertas de su aniversario, la Justicia recordó que el Kennedy Center no era una marquesina disponible para el entusiasmo personalista del momento, sino un memorial dedicado por ley a John F. Kennedy. La arquitectura, a veces, tiene mejor memoria que la política.

El episodio no carece de teatralidad. En un país donde el poder suele representarse con escenografías monumentales, el retiro de un nombre del principal centro de artes escénicas de Washington funciona como una escena muda, pero elocuente. No hubo aria, ni discurso solemne, ni coro final. Solo obreros, andamios, una orden judicial y una fachada que volvía a decir lo que debía decir.

Vista desde la ópera, la escena podría tener algo de final verdiano: el personaje poderoso descubre que el mundo no siempre canta en la tonalidad que él impone. También podría leerse como una variación bufa, casi rossiniana, sobre la vanidad del título. En la ópera, los nombres pesan: Otello no puede escapar de los celos que lo nombran, Tosca no sobrevive al poder que la persigue, Boris Godunov se hunde bajo el peso de una corona manchada. En Washington, la tragedia fue menor, pero el símbolo funcionó con precisión: un nombre bajaba de la fachada justo cuando su dueño subía al centro de la celebración.

La fiesta de los 80 años eligió otro registro: octágono, fanfarrias, público, consignas, cuerpos en combate. La imagen resultó tan literal que casi no necesitaba comentario. Trump festejó en clave de espectáculo físico, mientras una institución cultural era obligada a corregir el exceso simbólico de haber alojado su nombre. De un lado, la política convertida en show de fuerza. Del otro, la ley bajando el volumen de la autopromoción.

La ironía mayor es que el Kennedy Center pertenece al mundo del teatro, pero esta vez la escena más eficaz ocurrió fuera del escenario. El gesto de retirar un nombre tuvo más precisión dramática que muchas puestas en escena. En tiempos de culto a la marca personal, la fachada recordó una verdad antigua: los edificios públicos no siempre están disponibles para la vanidad privada.

Trump cumplió 80 años rodeado de ceremonia, ruido y combate. Pero el regalo involuntario lo dio la Justicia: una lección de tipografía democrática. A veces, en política, borrar también es escribir.

Víctor Fernández
www.avantialui.org 15/06/2026 ©